La figura de Cilia Flores, conocida como “Cilita” y denominada por el chavismo como “primera combatiente”, ha sido clave en el poder venezolano durante más de una década. Abogada y militante desde los inicios del chavismo, construyó un capital político propio hasta ser considerada una de las mujeres más influyentes del país. Su trayectoria comenzó junto a Hugo Chávez y se consolidó en el Parlamento, donde fue la primera mujer en presidir la Asamblea Nacional. Aunque mantiene un perfil bajo, su influencia ha sido descrita como “el poder tras el trono”.
El escenario cambió radicalmente tras la operación militar de Estados Unidos en Caracas, anunciada por Donald Trump, que culminó con la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores. La secretaria de Justicia estadounidense confirmó que ambos fueron acusados formalmente en Nueva York, imputando a Maduro cargos como narcoterrorismo y conspiración para importar cocaína. La acción incluyó ataques nocturnos y el traslado de los detenidos fuera de Venezuela. Washington aseguró que “enfrentarán todo el peso de la justicia estadounidense”.
Flores arrastra además un historial de sanciones internacionales y controversias, entre ellas la condena por narcotráfico de dos de sus sobrinos en EE.UU. y sanciones de Canadá y del Departamento del Tesoro en 2018. Pese a ello, continuó activa en cargos legislativos y acompañó a Maduro en campañas recientes. Analistas coinciden en que su poder opera tras bambalinas y sin control institucional, lo que dificulta la rendición de cuentas. Hoy, su detención marca un punto de quiebre para el chavismo y para el equilibrio político regional.